Vivimos en una época en la que muchas cosas comenzaron a hacerse más fáciles.
Tenemos respuestas en segundos. Podemos organizar ideas, resumir textos, construir proyectos, encontrar información, crear imágenes, mejorar escritos y hasta recibir recomendaciones sobre cómo vestirnos. La inteligencia artificial llegó para potenciar muchas de nuestras capacidades y sería absurdo negarlo, lo cual nos lleva a decir que la IA puede convertirse en una herramienta extraordinaria. Podemos decir que:
Sí a utilizarla, podemos aprender
Sí a permitirle, complementa nuestro conocimiento
Sí aprovecharla podemos crecer profesional y académicamente
Sí al usarla podemos organizar nuestras ideas,
Sí encontramos nuevas perspectivas y así potenciar nuestra creatividad. Pero no o mejor dicho: sí, pero hasta aquí. Porque hay una línea que no deberíamos cruzar. Y esta puede ser en que sea nuestra herramienta y no nosotros su herramienta.
La facilidad con la que hoy obtenemos respuestas puede llevarnos a creer que todo en la vida debería funcionar de la misma manera: hacemos una pregunta, recibimos una respuesta; tenemos un problema, buscamos una solución; sentimos incertidumbre, pedimos una explicación. Pero las relaciones humanas no funcionan así. Las relaciones en sí mismas son complejas.
Amar es complejo. Perdonar es complejo. Permanecer es complejo. Conocer verdaderamente a alguien toma tiempo y es complejo. Escuchar no es simplemente recibir información, va un poco más allá de ello. Comprender a una persona no consiste únicamente en analizar las palabras que pronuncia sino leer todo su comportamiento en el tiempo. Por ello los seres humanos somos mucho más que los datos que entregamos.
Y quizás ahí está uno de los mayores riesgos de esta nueva era. Que no nos damos cuenta de lo que ocurre y confundimos la información con el conocimiento y las respuestas con sabiduría.
La inteligencia artificial puede trabajar con aquello que le entregamos. Puede analizar información, reconocer patrones, organizar ideas y conocimientos y construir respuestas a partir de una inmensa cantidad de contenido producido por nosotros mismos. Pero no conoce toda la historia.
No conoce aquello que no decimos. No conoce las lágrimas que no contamos. No conoce las conversaciones que tuvimos en silencio. No conoce las heridas que todavía no sabemos cómo nombrar. Además no conoce completamente nuestro pasado, las intenciones de nuestro corazón ni aquello que está ocurriendo detrás de una decisión. Y, mucho menos, conoce el futuro.
Y acá podemos decir que solo Dios conoce la historia completa por eso asumimos lo que dice el Salmo 139: 4. “aun antes de que hubiera palabra en mi boca, he aquí, oh Jehová, tú la sabías toda”. Ya que hay algo profundamente diferente entre un sistema que procesa la información que le damos y un Dios que nos conoce completamente.
Dios no necesita que le expliquemos quiénes somos para saberlo. No necesita un historial de conversaciones. No necesita que construyamos el contexto perfecto. Él conoce. Conoce lo que fuimos, lo que somos y aquello que todavía estamos llegando a ser. Lo cual es reforzado por lo que habla Isaías que argumenta:
“Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho” Isaías 46:9-10.
Y aquí es donde, para mí, aparece el verdadero límite. A la inteligencia artificial, pero no a reemplazar mi relación con Dios. Porque mi relación con Dios no puede sistematizarse. No puede convertirse en una fórmula. No puede reducirse a hacer una pregunta y esperar una respuesta inmediata.
No puede depender de un algoritmo que me diga exactamente qué pensar, qué creer o qué decisión tomar. La fe no funciona como una búsqueda en internet. Hay momentos en los que Dios responde inmediatamente. Pero también hay momentos en los que se guarda silencio y se guarda más tiempo del que creemos.
Hay momentos en los que entendemos y otros en los que simplemente debemos confiar. Hay temporadas en las que tenemos claridad y otras en las que debemos caminar por fe. Y quizás precisamente esa es la complejidad que debemos entender de nuestra relación. Ya que no es por nuestra voluntad sino la suya. Porque Dios no está interesado únicamente en darnos información sobre Él. Quiere que lo conozcamos como lo dice Juan.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” 17:3
Conocer a Dios no es acumular respuestas. Es relacionarse. Es caminar. Es preguntar. Es escuchar. Es esperar. Es obedecer incluso cuando todavía no entendemos completamente. Y ese proceso no puede ser delegado. Más bien nadie puede orar por mí de tal manera que reemplace mi propia conversación con Dios. Nadie puede tener intimidad con Dios en mi lugar. Y ninguna herramienta puede vivir mi fe la cual es solo desarrollada por mí.
La IA puede ayudarme a encontrar un versículo. Puede explicarme un contexto histórico. Puede mostrar diferentes interpretaciones. Puede ayudarme a organizar un estudio bíblico o incluso a poner en palabras una reflexión que llevo en el corazón. Pero no puede escuchar a Dios por mí. Y ahí está el límite.
Sí, pero hasta aquí. Porque una herramienta deja de ser complemento cuando comienza a ocupar el lugar de aquello que es esencial. La inteligencia artificial puede potenciar mi trabajo, pero no puede definir mi propósito. Puede ayudarme a estructurar mis ideas, pero no puede convertirse en la voz que determine mis convicciones. Puede acompañar los procesos de aprendizaje, pero no puede reemplazar la sabiduría. Puede darme información, pero no puede convertirse en mi fuente absoluta de verdad.
Porque hay una diferencia enorme entre tener acceso a muchas respuestas y saber cómo vivir. Y esa diferencia importa. La Biblia misma nos recuerda “el temor de Jehová es el principio de la sabiduría” Proverbios 9:10. Y esto quiere decir que el principio de la sabiduría no es tener toda la información. No es encontrar todas las respuestas. Más bien dice que esta comienza en una posición del corazón frente a Dios. Y quizás ese sea uno de los grandes desafíos de nuestra generación.
No rechazar la tecnología. No temer al avance. No romantizar el pasado. Pero tampoco entregar nuestra humanidad en nombre de la facilidad. Porque no todo lo valioso debe ser fácil.
Las relaciones requieren tiempo. El amor requiere presencia. El perdón requiere procesos. La familia requiere entrega. La amistad requiere intención. Y nuestra relación con Dios requiere algo que ninguna inteligencia artificial podrá producir por nosotros: intimidad.
Por eso, yo sí quiero utilizar la inteligencia artificial. Quiero que me ayude a crecer profesionalmente. Quiero aprovecharla en mi formación académica. Quiero usarla para organizar ideas. Para encontrar nuevas perspectivas. Para potencializar mi creatividad. Incluso para ayudarme con cosas cotidianas: una idea, un proyecto, una presentación, una reflexión o hasta la manera en la que puedo combinar una prenda de vestir. Sí.
Pero recordaré que es un complemento. No el centro. Porque en mí debe permanecer la responsabilidad de reconocer quién ocupa el primer lugar. Y si Dios está delante de todas esas cosas, entonces la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta sin transformarse en un obstáculo.
Puede ayudarme sin gobernarme. Puede complementarme sin reemplazarme. Puede potenciarme sin alejarme de aquel que verdaderamente conoce mi propósito. Porque, al final, la inteligencia artificial puede alimentarse de todo lo que los seres humanos hemos producido.
Puede aprender de nuestras palabras. De nuestros libros. De nuestras ideas. De nuestras experiencias. De nuestra historia. Pero Dios no necesita aprender quién soy. Él ya conoce mi historia completa. Conoce el capítulo que estoy viviendo. Conoce los capítulos que me dolieron. Conoce aquellos que todavía no comprendo. Y conoce incluso los que todavía no han sido escritos desde mi perspectiva.
Por eso, digo sí. Sí a la inteligencia artificial. Sí al conocimiento. Sí a las herramientas. Sí al avance. Sí a permitir que la tecnología complemente muchas de nuestras capacidades. Pero no todo.
Hay lugares a los que no debe entrar. Hay responsabilidades que no le podemos delegar. Hay relaciones que no podemos automatizar. Y hay una voz que ninguna otra debería reemplazar. Y esta es la voz de Dios.
Así que sí. Pero hasta aquí. Porque puedo usar todas las herramientas que el mundo ponga en mis manos, siempre y cuando recuerde que ninguna de ellas puede ocupar el lugar de Aquel que sostiene mi vida.
La inteligencia artificial puede ser parte de mi camino. Pero Dios seguirá siendo quien dirige mis pasos.
“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” Proverbios 3:5-6.
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