Cada uno de nosotros poseemos más de mil formas de ver el mundo. Por ello, ¿creemos o innovamos?
En el camino nos encontramos. Todos una vez más tratamos de salir de él para encontrar lo deseado, lo soñado y lo que está en lo profundo de nuestro ser. El camino nos acerca al destino, al diferente y aquel que hace de su realidad la mejor forma para compartirla. Es por esto que el destino no se mide, sólo se aprende a llevar para construir la verdad. Superando así toda ficción y aflicción que creemos no entender.
Por ello volvemos a los lugares que hemos tratado de olvidar, estos conservan la magia y la renovación para nuestro espíritu. El cual es merecedor de algo nuevo, algo que nos vuelva a posicionar en la tierra, y es desde así donde emprendemos la veracidad del agradecimiento y de la extrañeza de los unos con los otros aun cuando estos ya no volverán.
Es por ello que debemos tener esta conversación sobre la mesa. Donde se habla de la vida, de la muerte, de la resurrección y aun de volver a ser lo que somos. Unidad, fraternidad, compromiso y porque no aceptación. Ya que ahí en la mesa se toca madera como la canción de Drexler para creer en la suerte o construirla.
La cultura posee diferencias, regionalismos y la certeza de ver la vida desde diferentes rostros, ya sean desde el trabajo, la academia y la experiencia (esta última se construye no con los años sino con los distintos campos de acción que hemos vivido), esto puede decirse que es la necedad del corazón y la construcción regionalizada de lo que conocemos por identidad (conjunto de rasgos, datos, valores y creencias que caracterizan a una persona o a un grupo) lo cual ninguno que la obtenga la quiere perder.
Porque perder no es solo desaparecer, es caer en un hueco sin fin hasta que hacemos un alto para conocer que dentro de los errores debemos soportar las distintas cargas como decisiones para despertar y levantarnos con más fuerza. Ya bien dice el verso ‘porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse’ Pro 24.16a.
El rostro, del trabajo, demuestra la necesidad que debemos construir con la tierra, ya que está en su estado natural nos brinda sabiduría, silencio, majestuosidad y reconocimiento de nuestras propias capacidades y fortalezas, como nuestras ganas constantes de destruir todo entendiendo mal el concepto de enseñorearse. Así mismo este rostro nos aclara los propios pensamientos que tenemos en relación al control y lo que pasa fuera de este. Ya que para ver el trabajo como lo es, debemos colmarnos de saberes, conocimientos, relaciones y certezas para lo que no sabemos. Lo cual es más grande que nosotros en algunas ocasiones. Por ello, debemos aprender a conocer, limitar y hacer lo que nos corresponde más allá de la productividad. Y es porque en este rostro debemos fortalecer en nosotros la dignidad.
Ahora veamos el rostro de la academia, este nos lleva a conocer para entender, además de que no hay tiempo perdido, que todo lo que hacemos es la secuela de nuestras propias liberaciones para el mundo, las personas y los pensamientos que siempre se añaden en el saber de los que se relacionan e interactúan con todo. Por eso ver el conocimiento, la realidad y los experimentos es saber que estos están conectados, no por la inmediatez, sino por la profundidad que hay en ellos cuando se dedica tiempo, esfuerzo y porque no lecturas y cuestionamientos.
Cerremos con el rostro de la experiencia, de la vida, de siembra y de secuelas del astro mayor (el sol). Rostro de esperanza tardía, de conocimientos perdidos y de gritos mudos. Rostros que todos debemos entender para luchar y ser como nuestros antepasados que gritaron, buscaron la libertad y la riqueza desde su mansedumbre, del ser comuneros, campesinos, mujeres y hombres de los páramos, de las trochas y los caminos que no tienen fin.
Porque si de algo estamos seguros es que los rostros muestran más que una silueta, muestran lo que la vida es para cada uno de nosotros, con sus historias, sus trayectorias y aun con los formalismos de creer saber lo que se establece para el mañana. Por eso, algo muy cercano de ver en cada uno de los rostros es la inmensidad de la naturaleza y sus mejores paisajes que son la secuela en una mirada profunda y una voz ronca.
Su cura es la voz, que viaja hasta extremos y da valor a la existencia desde la constancia
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