El mundo nos envía señales, pero aprendemos a interpretarlas desde el corazón.
A quién acudiremos, ¿a quienes tienen las respuestas o más bien a lo que nosotros mismos creemos? ¿Estamos dispuestos a escuchar el consejo que nos invita a cambiar de rumbo o más bien rechazamos todo lo que se nos dicta?, porque todo lo que ocurre fuera de nosotros influencia lo que somos.
No se trata de rechazar el consejo de quienes nos enseñan, sino más de escuchar la experiencia de quienes han pasado por las mismas situaciones que nos aquejan. Pues ellos son quienes nos guían para llegar al final de cualquier recorrido con la mejor opción, ya sea de tiempo o de fuerzas.
Como bien dice el proverbio “en la multitud de consejos está la sabiduría”. Sin embargo, para tomar una decisión primero debemos preguntarnos por lo esencial, lo real y lo válido, ya que la vida es un conjunto de aprendizajes, experiencias y de la conexión que tenemos con lo trascendente. Ya que esto es asertivo al reconocer que vamos en pos de lo invisible.
¿Debemos perseguir aquello que es verdaderamente nuestro o más bien lo conocemos? Un interrogante que nos lleva no solo a perseguir, sino a renovar lo que tenemos para conquistar lo nuevo, lo distinto y lo que es simple. Porque esto lo construyen nuestros anhelos y los deseos más profundos de nuestro corazón. Siendo así la certeza de volver al origen, creando un lugar donde todo es posible incluso con cálculos, fórmulas, recetas, certezas e incertidumbres.
Nuestras causas serán justas si nosotros somos justos. No hay temor que supere a la esperanza. La verdadera razón va más allá del amor y el compromiso. Podemos soñar con la lealtad y el cumplimiento de nuestras palabras. Por eso que nuestro Sí sea sí, y nuestro No sea no. Caminemos sin detenernos, porque con esta perseverancia encontraremos los secretos que aún no han sido revelados. La palabra es para el corazón lo que la razón es para el conocimiento y ambos son el constructo de la sabiduría.
Ahora bien, es difícil no tener respuestas ante todo lo que sucede y de igual manera a los nuevos interrogantes. Pero y si las respuestas están, ¿pero las disposiciones no? ¿Será que podemos encontrar el camino adecuado si pido ayuda a alguien que tampoco sabe lo que ocurre?
Ir a la fuente es saber a quién iremos, es tener la certeza de que lo que recibiremos no es casualidad, sino que detrás de acudir a Él encontraremos algo inagotable. Algo relacionado al amor que nos llena, a esa suficiencia que nos permite comprender que no es cuestión de mucho o poco, sino de que él nunca nos faltará. Porque no son los milagros, las proezas, o las grandes hazañas, ¡es saber que en todo lo que emprendemos él está!
A veces lo más sencillo es lo más complejo y viceversa, pensemos en esto ¿quién nos dice qué haremos cuando nuestros dones nos sean entregados o cuando nuestras respuestas reposen en nuestros oídos? La tarea no termina ahí por el contrario, hasta ahora comienza. Luego de saberlo, de entenderlo y razonarlo, viene la ejecución. Con quién, para qué, hacia dónde, en este tiempo.
Desde estas respuestas entenderemos que la fuente inagotable de información no son las noticias, ni los papers académicos, y menos las redes sociales, ni los amigos, ni la familia, sino la oración. Ese breve espacio diario que debemos tener, que es sustancial aun cuando lloras, cuando hablamos a solas con él, cuando aprendemos a callar y así mismos a escuchar, como contemplar el silencio sabiendo que en medio de todo encuentras paz.
Bien dice el salmo 119:5 “lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino”, porque paso a paso, palabra a palabra, en la oración descubrirás el camino se abrirá y sabrás la senda que debes caminar. Ya sea por fe o por certeza, lo cierto es que entenderás que nunca has caminado solo, y que solo Él puede entenderte, ayudarte, animarte y guiarte hacia el mejor camino.
Por eso, no te apoyes en tu propia prudencia, más bien mira que cuando hacemos eso, el corazón se ensordece, y la visión de la realidad se nubla, lo que nos imposibilita caminar. Más bien Alégrate en la certeza de que tienes a un Padre, un amigo, un hermano, un todo a quien puedes acudir los 365 días del año, en las 8,784 horas, en los 31,622,400 segundos que este tiempo contiene. No dudes, porque como bien dice su palabra (Apo 3:20):
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”
Y si aún no has abierto esa puerta, este es tu impulso. Si dudas en escucharlo, solo necesitas decir que lo reconoces como el dueño y Señor de tu vida, y verás cómo algo nuevo comenzará a ocurrir.
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