No es solo por lo que ven nuestros ojos, es por lo que podemos imaginar.
Pensarnos el mundo es creer que lo podemos conquistar, simplificar o complejizarlo, y eso está bien, cada uno de los habitantes del mundo tiene una visión de su realidad, que al unirlas harían la comprensión de todo el mundo.
Por eso, veamos más allá comenzando con esa conversación amplia con aquellos que son distintos a nosotros. Ya que las diferencias nos deben unir y no separar. Porque distintas voces hacen no solo la opinión pública sino el esclarecimiento de la verdad en un mundo lleno de mentiras.
Ahora, es saber que más allá de lo conocido forma en nosotros la visión, el rema, o esa frase que nos motiva a perseverar una y otra vez, ahí es donde está lo que en verdad hemos de encontrar (sueños, anhelos, ideas, pensamientos, reflexiones, calma…), y está es la cuestión, poder desarrollarnos sin perder nuestro enfoque.
¿Qué tanto debemos cambiar? mucho, o más bien poco, es cuestión de perspectiva, ya que nosotros podemos hacernos un autoanálisis para saber que tanto debemos mejorar. Ya sea en nuestros hábitos, en nuestra alimentación, en nuestras reflexiones o porque no con quienes compartimos, ya que hoy por hoy mucha gente drena a otros, además de que cada uno coloca a quien gusta en un pedestal que tarde o temprano caerá.
Ya bien dice el adagio popular, todo lo que sube, debe caer. Y así pasa con las personas, los anhelos y aun con nosotros mismos. No porque el tiempo nos cambia, sino más bien porque son tiempos acelerados donde podemos estar a la vanguardia de lo que ocurre y en ocasiones no lo estamos y nos cuesta prepararnos.
Ahora, pensemos en la analogía de cómo la vida puede parecerse a escalar una montaña. Nosotros colocamos el ritmo, la prevalencia en los pasos, y la meta es encontrar la cima. Y cuando la caminamos podemos ver la cúspide, pero en medio del recorrido vamos encontrando distintos obstáculos para llegar, valles, llanuras, ríos, piedras en el camino o uno que otro animal que nos detiene y ahí está nuestra vida.
En saber sortear que asumimos y que no, por eso, cada paso debemos llevarlo al siguiente nivel, el cual es reconocer el recorrido, disfrutar y saber que cada vez que nos acercamos más a la cima, nuestro oxígeno se “disminuye” y ahí volver a pensar en como hacemos cada paso para así llegar a la meta y saber que este recorrido nos ha transformado. Nunca olvidando que el reto no es llegar, sino también aprender a bajar.
De eso se trata veamos más allá. De detenernos, de pensar en todo lo que hemos recorrido hasta hoy, de recordar que inconvenientes hemos tenido y de asumir nuestras decisiones. ¿Ya que este será el tiempo de tomar posiciones y radicalismos para no quedarnos donde estamos o más bien será la manera de seguir donde estamos? Ya hemos hablado en lecturas anteriores de que la zona de confort debemos ampliarla, no solo quedarnos ahí. Porque si nos quedamos ahí pareciera que no “avanzamos”, y en ocasiones ocurre, en otras, solo es el impulso que necesitamos para ver con nuevas perspectivas el camino que hemos elegido.
Llamemos al detenernos, pensar y asumir como reflexividad, sí hemos entrado en este estado constante de reflexividad sepamos que cada nuevo paso que damos debe estar cargado con resistencia, insistencia y persistencia, reconociendo nuestras debilidades y fortalezas, para así ganar autoridad en cada una de las áreas de nuestra vida, sabiendo que “él que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará” y nos enseñará a conquistar lo que falta. Ya que en muchos momentos pensamos que es por lo que somos, y no, es por su Gracia. Filipenses 1:6-7.
No es un tiempo nuevo, es un ahora para seguir trabajando y ver lo que está más allá. El cielo no es el límite, las estrellas son nuestro horizonte, aprendamos de ellas a brillar y brillemos tanto que con éste brillo otros puedan imaginar un cambio.
Ya que bien lo decía Eduardo Galeano en su poema Un Mar de Fueguitos
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
Y a la vuelta, contó.
Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana.
Y dijo que somos un mar de fueguitos.
El mundo es eso reveló.
Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros.
Otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Y de eso se trata, de ver más allá. De animar a otros, de ser nosotros y de hacer las pausas necesarias para ampliar nuestro camino y ser distintos a lo que el mundo ya dice de nosotros, con fe, esperanza, amor, verdad, lealtad y bondad sumida a la caridad los unos con los otros.
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