Debemos aprender a cuidar, a ser vulnerables, pero sobre todo a no dejar que nadie apague lo que yace en nuestro interior.
Son tiempos adversos, y eso lo sabemos. Nosotros somos las semillas que resisten a lo que está ocurriendo en el mundo, en el contexto y aun al interior de nuestro hogar; tanto desde nuestras ocurrencias o desde aquellos pensamientos que hemos trabajado con el tiempo, ya que estos marcan nuestras posiciones ante el mundo, ante los sucesos y ante el cómo nos levantamos una y otra vez hasta que conquistamos lo que anhelamos.
Cada paso que damos es un nuevo comienzo, en ocasiones es la perseverancia que hay en nosotros, ya que esta nos persigue si no desfallecemos. Hay una frase que dice “No te canses de hacer el bien, porque a su debido tiempo conquistaremos si no desfallecemos”. ¿Cuál sería esta conquista?
El bienestar de muchos, la plenitud personal, el entendimiento de que muchos sucesos son cíclicos, ya que ahí es donde entendemos ese eterno retorno a lo que somos si no somos conscientes de lo que ocurre.
A esto decimos, que cada suceso que repetimos tiene una causa y un efecto, una virtud o una consecuencia, una disposición y una reflexión que debemos continuar sin importar las distintas distracciones de la vida.
Todo lo que tenemos nos ha costado lo suficiente, desde esfuerzos, conversaciones, tiempo, soledades, lágrimas y aun alegrías que compartimos con los que nos rodean. Pero cuando hablamos del tiempo entendemos que en este hay dedicación, cuidado, entrega y sobre todo la pasión desde nuestra disposición o solo lo vemos como los días pasar.
Ya que con el pasar del tiempo todo puede convertirse en descuido, en ausencia, en soledad, en costumbre y en ocasiones en olvido, ya lo decía Jorge Drexler en su canción Movimiento “Si quieres que algo se muera, dejalo quieto” y es ahí donde hemos de ver lo que valoramos.
Por eso, volver a conocer el polvo de la naturaleza, es saber que iremos más profundo. A un encuentro con lo esencial de la vida, de las relaciones y aun de lo que creemos, ya que valorar nuestros orígenes es entender que mucho antes de nosotros, otros han tomado decisiones que nos alcanzan y que cuando nosotros tomamos decisiones y acciones estas alcanzarán a los que no han llegado.
Si decidimos sembrar semillas de esperanza, amor, fe, verdad, lealtad, justicia…, construiremos un mundo más asertivo, pero si nuestras semillas son antivalores, construiremos una realidad difícil de enfrentar, ya relativizamos todo, y creeremos la frase que dice que “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad”. Y hoy hay mucha información en circulación que nos hace creer en ello.
Valorar es darle crédito a las cosas, a las acciones y a los pensamientos que nos hacen salir de los distintos momentos en los cuales nos encontramos (comodidad, costumbre y/o confort), esto es agradecer por lo que tenemos, reflexionando que cada suceso no puede convierte en una carga, sino más bien es un momentum para pensar, soltar y avanzar.
Ya que de eso se trata el devenir diario, avanzar a nuestro ritmo en lo que creemos, con miedo, sin miedo, con reglas, con romper las reglas, con formar, enseñar, aprender y dejar que otros conviertan sus sueños en realidad. Porque nuestra felicidad, va más allá de la felicidad dada por el sistema que nos gobierna, y a esto entonces podríamos decir que actuamos en contracultura desde nuestra tribu.
Valoremos la sencillez, los momentos que no tiene tiempo y las razones que rompen toda discusión. Valoremos el dar tributo a otros, la honra a los nuestros, el cuidado al débil, la justicia al vulnerable, y la alegría que construye los mejores recuerdos, cuidemos las lágrimas, las nostalgias y las historias que nos han formado, demos a lo que no tiene de lo que somos y alentemos a que otros sepan lo que ocurre.
Toda acción tiene una recompensa aún en los tiempos de cambio, abracemos lo desconocido, pero no perdamos de vista lo que sabemos, esto puede ayudarnos a avanzar en la historia. Y desde ahí entender que si repetimos los ciclos de la vida es porque aún nos falta algo que mejorar.
Qué el cielo sea nuestro testigo cuando hemos descuidado lo que somos, pero lo que hemos hecho nos llevará a entender que la justicia y el juicio son diferentes y que nosotros podemos ayudar a que muchos les alcance la justicia. Esta no es venganza, es valor propio, compartido y admirado por aquellos que nos desconocen y en ocasiones nos cruzamos en la vida.
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