Nueva temporada de más escritos, más ideas, más reflexiones y conversaciones.

Algún día se contará qué la mejor medicina, son esas gotas saladas que salen de nosotros y estas han tocado la tierra.

Una lágrima revela nuestro sentido más humano, pero no todas las lágrimas son de tristeza, indignación, miedo o felicidad. Hay lágrimas que solo son el sonido de los ecos en nuestras historias pasadas, en nuestros presentes construidos y en las mañanas del ahora mencionado.

Somos hacedores de silencios, ruidos, historias, conmemoraciones y aun esperanzas tardías, que solo se pueden esperar si creemos poder cambiar nuestro presente lleno de acciones y sensaciones verdaderas. Hace mucho tiempo se dice que él que escribe, lo hace porque tiene algo que contar y que cuando tiene una esperanza deja de escribir.

Pero para escribir, se deben saturar los pensamientos, debe leerse literatura social y filosófica, porque estas nos demuestran la contraproducente forma de interpretar o representar lo que nuestra mente tiene, ideas, pensamientos, sentimientos e historias continuas. Que sumadas a la memoria o el sentido práctico de la escucha, permiten reconocer lo que otros posiblemente están viendo dentro de su contexto.

Los contextos hacen de nosotros, personajes esenciales para toda buena historia, pero ahí se debe ver también la influencia de otros sobre lo que podemos obtener con lo que hacemos cotidianamente. Algunos nos enseñan a ser realistas, apasionados, fracasados, pragmáticos o sencillamente nos ha enseñado a esperar todo lo bueno, sin nosotros prepararnos para serlo. El cambio siempre ha existido y las personas que lo buscan se esmeran más por crear este suceso ante los acontecimientos prolongados de la misma historia.

Contaré el toque, la medicina y porque no lágrimas que siempre caen y cuentan una formación diferente de los que están especializándose en ver más allá de lo que ya está, todo posee un brillo distinto. 

Caminar es la forma más acertada de conocer lo que está ocurriendo, pero entender desde el empirismo o la reflexividad es prestar atención a los momentos en los días y atesorarlos para siempre.

Las lágrimas se producen por la satisfacción del recuerdo, como también por aquellos sucesos cambiantes dentro de nosotros mismos y aun por la necesidad de descargar presiones, emociones, y sentimientos de otra forma. 

Estas no merecen una disculpa, una excusa o sencillamente que alguien más las pueda secar, claro merecemos dar una palabra, pero procuremos no volver a sacarlas.

Ya que si somos conscientes, claros, pragmáticos, coherentes e íntegros, sabemos que las lágrimas que tocan la tierra son producto de esfuerzo, soledad, trabajo y miedo de saber que un cambio o una necesidad del mismo solo se verán en un producto entregado a largo plazo, haciendo del tiempo una sensación de calma y una búsqueda de quietud al ser, la cual calma los propios planes, sueños y esas metas que siempre se ven desde el principio.

Porque al principio solo es el cálculo acertado y fracasado de lo que nuestras fuerzas pueden hacer, mientras el contexto no cambia. Porque si este cambiara todo volvería a ser origen y ese origen es buscar donde comenzar para no volver atrás, ni un paso ni nunca más, sin importar las ilusiones o esos ideales de cambio estructural dentro del objetivismo que poseemos, cuando en verdad salimos a buscar una subjetividad constructivista. Entendemos que el camino es solo una fracción de nosotros y de aquellos que nos rodean. 

Por eso, avanzar, aun cuando estamos solos es saber que siempre hemos visto la realidad de una forma diferente y buscamos con acciones hacer cambios estructurales. 

Todo lo que es conmocionado es una obra teatral, y como está siempre existe por un buen tiempo, debemos aprender a disfrutar cada instante de la misma, ya que cuando no la volvamos a encontrar, todo lo que nos queda son las palabras de pasillos y las conversaciones referentes a ellas. 

Y cómo es de costumbre esta historia terminó con final de olvido. Ya que así se terminan momentos, cuentos, historias, lágrimas, sonrisas, gozos y aún la plenitud de un tiempo en silencio. El cual nos acompaña desde las soledades primarias que siempre hemos construido para aprender, soñar y saber estar para otros. Por eso, las lágrimas son las que damos para que existan historias.

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