Nueva temporada de más escritos, más ideas, más reflexiones y conversaciones.

Saber separar nuestra vida en partes iguales nos da la certeza de que el mundo, el medio y lo que somos es producto de una fuerte reflexión interna que nos lleva a pensar él ahora y la influencia que podemos tener mañana.

Sin importar donde estemos debemos hacer más pausas de lo matutino, del ruido estresante que nos gobierna, del exceso de información que circula, de todo lo que nos carga y nos condiciona, ya que los vicios son nocivos y estos existen para no ser lo que hemos intentado una y otra vez. 

Quizás la mejor invitación que podemos tener es ver por la ventana, escuchar algo que nos tranquiliza o solo acallar los pensamientos que nos gobiernan, ya que la mejor batalla que podemos tener se libra en la mente, la realidad la debemos disfrutar y esta no puede ser una carga, porque si así lo es, podemos estar entrando al mundo de los que sobreviven.

Y muchos sí que viven allí, pensando que es la mejor sensación, o fortaleza de los días, pero esa es nuestra falla, nuestro sesgo compartido que viene tomando más fuerza por no creer, y hacer que lo que hoy tenemos sea mejor de lo que en verdad merecemos, y para llegar a esos estándares de calidad, debemos trabajar, estudiar, ser distintos a lo que el medio pide.

Se vale vivir, preocuparnos, pero así mismo soltar todo lo que nos aprisiona, es decir, lo único que debemos soltar son las cadenas de nuestra humanidad y de la modernidad. Los excesos, las comparaciones, el creer que no podemos ser aun con la edad que tenemos, pero volver al comienzo de todo es pensar como cuando éramos niños, que sin importar los límites siempre imagina con esperanza los sueños, las metas y esos planes que aún yacen en nuestro subconsciente. 

Nos hemos convertido en lo que deseamos, pero no en el sentido literal, sino en aquel que ha sido la única forma para mejorar, para dejar y reconocer que hemos fracasado, dudado, y en ocasiones tenemos miedo, porque este siempre nos acompañará y cuando lo aceptamos, vemos las situaciones con optimismo, ya que más allá del ser cobardes, entendemos que esa acción nos condiciona, nos estanca y nos lleva a perder de vista la fe en lo que somos y en lo que creemos. 

Existe lo estoico dentro de las letras, dentro de los márgenes y los cánones que hay para poder escribir, compartir y dar a otros de lo que somos, hace mucho tiempo hubo una que rompió el silencio, que rasgo el velo y este ha sido de color carmesí, si ese que todos tenemos y que en fuertes tensiones sale de nosotros para decirnos que es tiempo para detenernos, para considerar todo y cambiar el rumbo. 

Ese que nos dice que tenemos derecho a todo, pero que antes de eso el silencio debe pasar por nosotros para no dañar ni lastimar a nadie, ni aun la misma naturaleza que ha existido más que nosotros, ya que si esta deja de existir la vida no es la causa, ni salir del planeta, sino que nosotros no estaremos para conversar. 

Por eso, hablar es callar, pero así mismo es encontrar dentro de los ojos la realidad que tenemos que transformar, ya que no debemos caer en la generalización de las ideas de la sapiencia, más bien que esta nos ayude a entender que el separar todo es vivir, es comprender y es acercarnos a la diferencia para desde ella construir.

El mundo, el medio, las relaciones, los vínculos y las palabras que deben traspasar el tiempo, aún como susurro que solo llega en el momento preciso para dar vida, fuerza y convicción de que el camino que hemos pasado nos ha enseñado a ver lo real como única causa que debemos perseguir. 

Todos estamos en el tiempo de apagar las redes, las series y aun lo nocivo del conocimiento para en verdad encontrar la calma y la paz cuando tomamos decisiones. 

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