Este es el espacio donde todo sucede, creemos en la realidad y/o aceptamos todos los espejismos.
Hay espacios geolocalizados que nos hacen disfrutar cada paso, sentir a profundidad cada respiro, aprender del próximo, contemplar cada escenario, pensar en él más allá con la franqueza de querer encontrar tranquilidad. Ya que esta es la única consecuencia de deleitarnos con la vida.
Estos lugares de anhelo son espacios en donde podemos cuestionar nuestra propia naturaleza, escuchar nuestra voz mental diciéndonos que son tiempos, donde debemos conocer a profundidad nuestros sentidos más contradictorios -profanos- de lo que hoy poseemos, para desarrollar nuevas capacidades.
Pero, hay otros lugares que nos exigen, cuestionan y nos hacen creer en espejismos, siendo fríos o calientes, estos lugares tienen una función global interesante, pero dentro de ellos poca vida en verdad se encuentra, estos son los desiertos, lugares de condiciones únicas, que los que conocen, saben que para atravesarlo se debe hacer con guia y con un paso firme, protegiéndose así de las inclemencias naturales que los gobiernan. Ya sea el calor, o el frío de la noche.
Estas geolocalizaciones son el entrenamiento que nuestro cuerpo acepta para salir de lo monótono, para renovar las fuerza de nuestras costumbres cotidianas de supervivencia, y en muchas ocasiones las buscamos como atractivos naturales que visitar o las entendemos como nuestras prontas crisis. Todos sobrevivimos en la cotidianidad, nos hemos engañado una y otra vez con los estándares económicos de nuestra sociedad de consumo y acumulación. Creemos que al hacer más o depender más de ello seremos libres, pero la libertad ahí es más que objetiva, se convierte en ese subjetivismo que necesitamos reconocer para aprender a vivir de otra manera.
En las crisis es donde todo aflora, conocemos en verdad nuestros deseos y también luchamos contra esos remordimientos profundos que hay en nuestro corazón y se nos son difíciles de sacar. Porque aparecen como pensamientos, rumores, ideas y se van transformando en esos enfrentamientos al tiempo, a la soledad, a la sociedad y a nuestras propias ausencias. Pidiendo así ayuda a gritos, ¡No soy autosuficiente! ¡Necesito compañía! ¡Alguien que me ayude! ¡Porque esto me pasa a mí! ¡Soy tan importante!
Al hacer estos gritos de auxilio u otros más se comienza a romper toda barrera mental de individualidad, se comienza a ser consciente de que para construir un mejor ahora personal, necesitamos de muchos, de los que saben, de sus experiencias y porqué no de esos consejos que nos traen mejores pensamientos y necesidades de conocernos personalmente. Porque cuando no podemos solos necesitamos de una comunidad que nos atienda, sostenga y nos muestra que entre muchos es más fácil la carga.
Es así como debemos entender los desiertos como esos lugares donde existe un llamado, ese llamado es para que conozcamos la intimidad de todo lo que es esencial, desde nuestro origen hasta nuestro porvenir, poseyendo encuentros con lo desconocido y, sobre todo con el viento, este nos habla en el corazón, nos susurra y, nos enseña lo faltante para salir adelante. Es quizás la plegaria con mejor respuesta, el agradecimiento a todo servicio y, la maduración de nuestras emociones a nuestras razones para no volver a cometer los mismos errores. Porque el mayor error que conocemos, y hacemos cotidiano es el egoísmo y la indiferencia.
El desierto es el lugar más largo, no hay vuelta atrás en él, es un camino de paso y, es solo saber que las promesas se cumplen a medida que nos aferramos a ellas, es decir, nosotros debemos confiar, creer, esperar y sobre todo sacar lo que no es bueno de nosotros. Todo el tiempo que pasemos en un desierto es el tiempo que nosotros estemos dispuestos a cambiar y transformar nuestro interior. Más que entrenamiento es saber soltar todo y no volver a ello.
Ya que la vida, los lugares, las personas y aun las circunstancias nos hacen ver con claridad lo que puede pasar en cuarenta días o en cuarenta años. Nosotros somos al final quienes decidimos qué ruta tomamos, para aprender, cuestionar, cambiar o seguir repitiendo las mismas acciones que no nos llevan sino al mismo punto. Y es el del inicio, el de repetir una y otra vez o en esta ocasión al final.
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