Nueva temporada de más escritos, más ideas, más reflexiones y conversaciones.

Siempre habrá espacio para reconocer lo que otros nos han hecho o dejado de hacer.

Cada uno de nosotros somos receptores de lo bueno, lo malo, lo normal y lo anormal, y es así como referenciamos lo que acontece en nuestras vidas. A cada circunstancia le llamamos por su nombre o generamos en ella algo que nos las recuerde. Ya que somos unos buenos acumuladores de recuerdos, memorias, canciones, historias y objetos. 

Llamar a las cosas por lo que son y por lo que no, es una forma de asegurar que cada espacio y lugar, como persona u objeto sean parte de nosotros y de eso se trata, de entender y saborear las palabras antes de decirlas. Ya que estas producen vida o la quitan, dan aliento o limitan, condena, o alaban. Ese es el poder de las palabras. 

Y en nosotros está el poder entender que las palabras, como las oraciones nos abren a la comprensión y reflexión de la realidad cuando nos disponemos. Llegando así al pensamiento de lo que es universal, de lo que tiene canales, uniones y aun rupturas de la gobernanza y la libertad de ser comprometidos. A lo cual no podemos vulnerar más a los otros desde nuestros actos, más bien entendamos que la dificultad está en reconocer que todos tenemos distintas historias y no podemos hacer que otros la cambien por simple capricho. Más bien, nuestra mejor acción es cobijarnos para abrazar las diferencias y desde ellas construir un mundo de posibilidades.

Ser receptores no sólo es acumular conocimiento y experiencias, es aprender a compartir lo que somos para que otros sean y desde esa secuencia, resistir lo incierto del mañana. Ya que los días, como las noches pasan muy rápido y debemos aprender a ver con esperanza lo que aún no existe y es nuestra permanencia en el mundo.

Seamos la certeza y la seguridad de siempre animar a otros, de cuidarlos y aun de ayudarlos en lo que se pueda, para eso no debemos pedir permiso, practiquemos la coherencia y la consecuencia. Para dictar que el mundo si puede ser diferente. Ya que el mayor de nuestros éxitos no es solo ganar, sino reconocer cuando nos equivocamos. 

Eso sí que marca el rumbo y a las personas nos pueden acompañar, no seamos tontos, el callar no soluciona las cosas, lo que en verdad soluciona las tensiones, los conflictos y las inseguridad es que podamos ser esa conversación ampliada al mundo de lo que somos.

Reales, únicos y distintos.

Levantémonos una vez más, limpiemonos el polvo, y salgamos a las calles no solo a recorrerlas sino a demostrarnos a nosotros mismos que con tranquilidad y paso lento y seguro todo tiene solución. Sea esta inmediata, o de largo aliento. Pero todo tiene solución.

Y de eso se trata hacer las cosas que otros nunca han hecho. De dar alabanza cuando sea el tiempo a aquellos que nunca la recibieron. Y que cuando sea el tiempo de curar las heridas no seamos de aquellos que se creen simpáticos en el mundo. Más bien seamos empáticos con aquellos que han conocido el dolor, la soledad y caminan en vida con los corazones rotos. 

Abracemos al desconocido y compartamos nuestra comida, para que así la luz vuelva a nacer de nuestro interior aún cuando nuestro mundo este sucumbido en “oscuridad” o eso es lo que creemos. Porque aquellos que brindan, cuidan, aman y dan al mundo cuando no tienen nada que dar, son más fuertes, y reales. Que aquellos que piensan en mostrarle al mundo lo que son sin serlo. 

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