El mundo nos satura, nosotros solo debemos decidir por el mañana desde ahora.
Muchos hablan de hacer procesos de introspección, de mirarse hacia adentro, de revisar heridas, de nombrar vacíos, de enfrentar sombras, de hablar con el niño de aquella época.
Así mismo nos hablan de autoevaluarnos, de conocernos más, de sanar desde nosotros mismos, de reconstruirnos con nuestras propias fuerzas.
Pero ¿qué pasa cuando una se cansa de mirarse tanto? ¿Qué ocurre cuando revisar una y otra vez lo que está mal dentro de uno termina convirtiéndose en otra carga más sobre los hombros? ¿Es lo que necesitamos o solo debemos aceptar que se agotan todas las fuerzas que tenemos y ya nada tiene sentido?
Entonces es ahí cuando comenzamos a tener esos pensamientos contrarios a nuestra naturaleza y aceptamos la nube negra sobre nosotros y nos decimos que es tiempo de vivir como la corriente la lleva.
No porque así lo quiera, sino porque parece más sencillo dejarse arrastrar que resistir a lo que sabemos que está mal. Y es que cambiar demanda un esfuerzo más. Demanda valentía. Demanda preguntas incómodas, algunas con respuesta, otras con silencios prolongados. Nos obliga a tomar decisiones, a soltar, a renunciar, a volver a comenzar. Y sobre todo a levantar cabeza en los días grises.
Y es acá donde la verdad toma luz propia para decirnos que ya hemos hecho bastante con intentar sobrevivir en un mundo difícil, retador, desesperanzador, conflictivo y nocivo para el alma.
A lo cual al escribir esta nota recordé una conversación con mi hermano. Sus palabras quedaron resonando dentro de mí:
Yo acudo a ti buscando consuelo, y tú no me lo das. Solo me exiges que me entienda, que me esfuerce, que luche, que persista, que lo intente una vez más.
Y mi primera reacción fue justificarme, te doy lo que aprendí, te ofrezco la forma en la que yo misma he sido formada. Porque eso hacemos muchas veces.
Entregamos exigencia disfrazada de ayuda, fortaleza disfrazada de amor, corrección disfrazada de cuidado. No porque no amemos, sino porque creemos que levantar a alguien consiste en enseñarle a sostenerse por sí mismo de pie ante las adversidades y aunque se estrelle contra el mundo, de limpiarse las heridas y seguir.
Pero esa conversación con mi hermano siguió dando vueltas dentro de mí, como una verdad incómoda. Quizás porque he querido hacer con mis fuerzas algo para lo que nunca tuve poder, de pensar, de reflexionar y de entender que la vida es lo que nosotros conocemos, proyectamos y entendemos para vivir. A lo que hoy podemos decir que:
Yo puedo acompañar
Puedo escuchar
Puedo abrazar
Puedo permanecer
Puedo amar sinceramente
Puedo ser buena hermana
Buena amiga
Buena hija
Un gran ser humano.
Pero hoy puedo decir que NO tengo el poder de consolar profundamente un alma, porque consolar no es solo animar, no es exigir fuerzas donde ya no las hay, no es pedirle a un corazón cansado que siga luchando cuando apenas puede respirar. Porque hoy todos estamos cansados de sobrevivir.
Consolar en su sentido más profundo es sanar lo que está roto desde la raíz, es aprender a tocar la herida invisible, y restaurar lo perdido, es traer paz donde hay tormenta interior, y dar descanso verdadero al alma fatigada. Y eso rebasa por completo al ser humano.
Desde esa última afirmación entendí algo y es que podemos acompañar a las personas hasta un punto de la historia, pero Aquel que verdaderamente consuela, transforma y da nuevas fuerzas es Dios.
Porque mientras el mundo insiste en que debemos encontrarnos a nosotros mismos, entendernos completamente, repararnos y moldearnos una y otra vez bajo la presión de una “transformación interminable” y todo centrado en el yo, Dios propone algo diferente.
Él no habla de una introspección agotadora centrada en el yo, habla de una transformación nacida desde el interior y complementada con su Amor. No de cargar solos con nuestras ruinas, sino de entregarlas al único capaz de hacer nuevas todas las cosas, y darnos jardines en medio de tumbas.
Él no solo muestra la herida
Él la sana
No solo revela lo que está mal
Él lo arranca con amor
No solo acompaña el llanto
Él devuelve la esperanza
No solo corrige
Él restaura
No solo transforma
Él libera.
Y entonces comprendí que quitar lo que está mal en mí no tiene por qué ser un proceso cruel, desgastante o condenatorio si ocurre de la mano de Dios. Cuando Él toca aquello que necesita ser removido, no lo hace para destruirme, sino para parecerme más a Él. No lo hace para herirme, sino para sanarme. No me condena, más bien me hace libre.
Es por ello que no más reflexiones es no seguir mirándome con los ojos exigentes de un mundo que me pide repararme sola. Lo que quiero es ponerme delante de Dios con sencillez y humildad para decirle:
Muéstrame aquello que aún no se parece a Ti, arráncalo con amor, sáname en el proceso y hazme libre. Porque quitar lo que está mal en mí no es destruirme, es acercarme a él. Por eso puedo recitar el Salmo 139: 23-24 que dice:
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.
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