Necesitamos algo más que lo personal para ver el mundo desde lo que somos, por ello nos vemos en otros para contar historias.
Miradas que penetran el alma, sonrisas que se entrelazan en complicidad, diálogos que parecen infinitos y reflexiones que, aunque breves, dejan huellas profundas.
Corazones que saben quererse en armonía, que practican la escucha activa, que cultivan el amor con paciencia y cuidado.
Que encuentran en el abrazo y en la presencia compartida un refugio. Allí, donde dos siempre serán mejores que uno.
«Porque si cayeren, uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieran juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?»
Valiente es quien ama de verdad, quién se atreve a exponerse al dolor y al riesgo de la pérdida, quien se sostiene y soporta junto a otro en las tormentas de la vida.
Valiente es quien da amor sin pedir razones ni explicaciones, quien se entrega más allá de la lógica, porque el amor, en su esencia más pura, no necesita justificaciones.
Y es aún más valiente aquel que ama como queremos ser amados: sin juicios, sin señalamientos, sin exigencias.
Aquel que simplemente decide quedarse, que elige estar a nuestro lado, no por obligación, sino por voluntad. Es en esa permanencia, en esa decisión de ser coequiperos en el viaje de la vida, donde encontramos la fuerza que nos levanta, el calor que nos abriga y la alegría que nos llena.
Porque en el amor compartido, en esa complicidad que construimos con otro, descubrimos lo que significa verdaderamente vivir: no solos, sino juntos, en una unión que desafía las dificultades y que se fortalece con cada paso, con cada caída, con cada victoria.
Dos siempre serán mejores que uno, porque juntos somos capaces de iluminar incluso los días más oscuros.
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