Tiempos memorables, tiempos de las sendas antiguas.
Aquellos que descubrimos en carne propia o en los relatos de quienes vinieron antes, transformados en imágenes por la magia de la palabra. ¿Eran mejores o peores que los tiempos actuales?
La frase «todo tiempo pasado fue mejor» sigue latiendo en el corazón, como un susurro que se resiste a desaparecer. Hoy, en medio de un presente que a veces parece sofocarnos, añoramos esos días en que, quizá, todo era más sencillo, más puro, más vivo.
«Ya no se besa de verdad
Ya no se baila como antes
Ya no se besa sin pensar
Muchos guerreros y pocos amantes»
El amor, con su peculiar lógica, sigue siendo un misterio: una fuerza inquietante pero también serena, una chispa que ilumina la oscuridad del alma. El pasado, idealizado como un refugio, contrasta con un presente que parece perderse entre contradicciones.
Vivimos en un mundo que clama por la verdad mientras la oculta, que transforma la vulnerabilidad en un defecto y nos deja huérfanos de calidez en medio de su invierno.
Sin embargo, las estaciones del alma también cambian. Como ciclos internos, traen consigo el anhelo de un futuro más pleno, un mañana que se inspire en lo mejor deL ayer, extendemos las manos buscando acariciar un rostro frío, y aunque los abrazos puedan sentirse insuficientes, el acto de intentarlo es ya un símbolo de resistencia.
Porque aunque titubeamos, aunque el invierno nos enfríe poco a poco, hay algo inquebrantable dentro de nosotros: el deseo de volver a sentir, a abrazar, a vivir plenamente.
Un mundo endurecido ha impregnado los corazones. Un mundo que guarda silencio pero grita desesperadamente por un tiempo mejor. Un mundo desesperanzado que miente para sobrevivir, gobernado por unos pocos que han esclavizado a los muchos.
Sin embargo, en medio de todo, queda la esperanza, tenue pero viva, de que las estaciones cambien, de que el invierno da paso a la primavera del alma.
Entendemos que la primavera se conserva también en nuestro interior, que se constituye en los pequeños detalles: una sonrisa inesperada, el brillo en los ojos de un niño, el recuerdo de momentos felices que aún nos arrancan una carcajada.
Descubrimos que, incluso en un mundo que parece haber olvidado lo esencial, la resiliencia nos convierte en ríos de agua viva. Esa corriente no solo calma nuestra propia sed, sino que también riega la esperanza de quienes nos rodean.
Es allí, en lo más profundo, donde comprendemos que el amor puede transformar lo corruptible, que los días grises son el preludio de un renacer.
Y mientras esa verdad florece dentro de nosotros, el invierno cede, y el destino comienza a inclinarse hacia la vida, hacia la verdad, hacia un porvenir que, aunque construido en un mundo imperfecto, puede ser la promesa de algo diferente, algo mejor, la posibilidad de un mañana donde lo volvamos a intentar.
by: @eliescastillo_
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