Aguardar en el tiempo los sucesos y las palabras rotas.
Todo lo que nos atañe, es lo que en verdad importa y esto es venidero, los recuerdos son una alegría, tristeza, anhelos y las esperanzas perdidas, es decir, son aquellos momentos que han hecho en nosotros un caminar sencillo, lleno de historias que solo se cuentan una vez.
Historias que hacen parte de nosotros y de aquellos a quienes les hemos sabido contar nuestros sucesos o nuestros deseos sin importar la distancia en la que estamos, todo se vale pero las suposiciones en ocasiones nos condicionan a evitar las conversaciones a profundidad, es por ello que creemos que conversar con el viento, con la vida, con nosotros mismos y con todos aquellos que ya no volverán, son quienes le dan sentido a nuestras distancias.
El hoy es posesión, el mañana solo una esperanza más para procurar una mejor versión de quienes somos si así lo deseamos y decidimos, es por ello, que el tiempo es un arma forjada con doble filo, que si se sabe utilizar está destinada para quienes viven; en caso que caiga en manos de alguien que no reconozca su magnanimidad, estará destinado a la frustración y el desasosiego de no saber qué hacer con él… Todos tomamos riesgos unos pequeños otros grandes, pero al final la suma de todos esos riesgos son los que nos transforman, enseñándonos que desde el abandono pueden existir nuevos amaneceres, con creencias más fuertes y diálogos permanentes que desvelan nuestras emociones para restaurar lo que está quebrado… roto.
¿Qué es lo roto?
Lo roto es todo aquello que ha pasado y que por diferentes razones no se ha sabido curar, una relación, un fracaso, una caída, una conversación o sencillamente esos recuerdos que nos carcomen cuando estamos en situaciones similares a las que hemos vivido. Es decir, es ese estadio que todos conocemos pero que no atrevemos a dejar atrás porque nos ha marcado lo suficiente para hoy ser presas del miedo.
Es por ello que debemos soportar un tramo más todo lo que nos precede para así ser partícipes y entender que los cambios son las mejores épocas que poseemos para comprender los aprendizajes. Son tiempos de vernos a nosotros mismos, de romper esos votos de silencio que hemos creado y de entender que en nuestro interior suceden cosas que muestran los mejores remedios, ya no somos esclavos de nuestras pulsaciones, más bien somos creadores de nuestra propia historia.
Con palabras, acciones y decisiones superamos nuestras propias inseguridades, cada fracción del tiempo es un buen momento para levantarnos, para conversar e ir en pos de lo que no tiene nombre y superando las condiciones que el mundo nos ha puesto, trascendiendo a una nueva versión.
No hay límites solo los que nosotros mismos creamos, son tiempos de cercanía, de ser fuertes y sensibles a la vez, de expresar lo que llevamos dentro y de saber que las palabras que pronunciamos a otros son sanadoras, todos como lo sabemos estamos rotos, hay unos que curan y otros no. Otros solo se tardan en reconocerlo, pero ese intento debemos valorarlo, lo que digamos cumplamoslo, no prometamos, solo seamos coherentes con nuestras palabras y nuestras acciones, el yo puede cambiar si lo reflexionamos. Las oportunidades existen, las destrezas igual, pero alejarnos es saber que si lo decidimos debemos dejar al otro crecer desde lo que pudimos compartir. No seamos intermitentes, solo hagámoslo y sigamos el camino.
Caminar arregla las cargas, centra los pensamientos y hace de todo esto la sintonía acertada de lo que hemos planeado con anterioridad, sí ese sueño que solo nos hace felices a nosotros, porque es algo tan personal que nos hace movernos día a día. Las revoluciones existen, unas sociales, otras colectivas, y quizás las más necesarias las personales, las que nos ayudan a expandir nuestras zonas de confort, las que nos enseñan a ver a todos con sencillez y que al final todos podemos ser esos revolucionarios que cuentan buenas historias. Somos sentipensantes, la vida comenzó antes de nosotros y seguirá después.
La noche otra vez está llegando, el frío acecha y el sonido de la naturaleza nos rodea, su calma produce tranquilidad y el sonar de las campanas a lo lejos, dice que somos de esa historia fundacional de las ciudades. Las creencias nos vieron nacer, y estas nos verán partir de la vida a otro buen lugar, algunos lo llaman eternidad, otros solamente hogar, porque saben que allí se volverán a ver con los que ya no están. Por eso intentemos algo, creemos la mejor historia como las de las gárgolas que en las noches protegen a los indefensos.
Seamos reales en este mundo de inciertos y de planes sin terminar, actuemos para dejar huella, en comunidades, en servicios humanizados y en la esperanza de forjar familias que más allá de su imagen social, saben hacer el bien a todos y no se cansan de hacerlo. Porque saben que toda acción cuenta, aun si esta es pequeña.
Del tiempo a la realidad y de la realidad al tiempo, lo que nos une es verdad y esta no se olvida, es la esencia del ser y desde ahí todo puede acontecer, cualidades, capacidades, imaginación e interpretación del mundo, es por ello que todos somos necesarios y la vida debe prevalecer a toda costa, porque esta nos ayuda a realizarnos. Aguardar solo es la condición de esperanza y paralelismo que tenemos para no desconocernos.
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