Todos tenemos sentimientos encontrados que nos permiten ver la vida desde otro ángulo aun cuando este es opaco.
La historia, nuestra historia está llena de melancolía, podemos hablar de los capítulos blancos, luminosos, pero a veces se nos es difícil hablar de aquellos que son opacos e invisibles en nuestro tiempo.
No creemos ser lo suficientemente grandes para aceptar que hemos cometido errores, que hemos dejado pasar los eventos como algo desapercibido, pero en nuestro corazón y en la mente tenemos todas aquellas caminatas en silencio que nos aseguran que vivir es solo el espacio para aprender a contar lo que somos.
No, solamente debemos aceptar, soltar y abrazar lo nuevo, de eso se trata esta melancolía de aprender, apremiar y saber que sin ella no somos lo que hoy revelamos al mundo, hemos pasado las temporadas, los episodios que muestran nuestras soledades, nuestras ausencias y quizás esos miedos que vemos en el espejo de otros.
Hemos caminado solos, otras veces acompañados, pero aprender a sentir esa compañía y esa soledad es saber que el destino solamente se construye cuando vemos la mejor senda para caminar, debemos conquistar los valles y asegurarnos que al momento de subir la montaña podamos entregar todo lo que nos condiciona para agradecer y gritar con fuerte voz la libertad que tenemos.
Nuestras batallas son personales, son de preocupación, estrés, cansancio, agotamiento, son de exceso de información, de esas emociones malas que hablan desde la ira, la indignación pero que en el final solamente son el miedo a la realidad, a esa que nos carcome cuando tomamos acciones en contra de ella, y esto se ve al momento de decir no y hacer lo contrario a lo establecido, pero de igual forma es miedo a lo que se avecina y a lo que es cercano y lejano, es decir al cambio.
Melancólicos todos aquellos que ven la vida pasar y se ausentan de ella, es un estadio, una relación, un encuentro con nosotros mismos y nuestro yo esperanzador, donde el aceptar, es existir dentro de nuestra ciudad, esa que cuando llueve se vuelve muy nuestra, muy anhelo del frío, del corres para no mojarnos, del escampar para tomar café, y de solo esperar que todo pase para así seguir nuestro camino.
Camino de asfalto, de calles cerradas, de muchos habitantes y de no sentir permanencia, ya que esta se da cuando en verdad sabemos asumir los días, las historias y los lugares que nos retan a ser distintos, donde el construir las palabras y las promesas es acompañarnos y es entender que estar dentro del gozo es saber que este supera la felicidad.
Esa que puede ser de jueves, de viernes o de fin de semana, pero que no es tan larga como imaginaos, la búsqueda de la felicidad es entrarnos al mundo de lo profundo, de lo profano y de lo celestial, para elegir el camino que deseamos, sea de bendición o maldición, donde todo lo que nos define se establece, se da y nos lleva a retarnos y a no quedarnos como estamos acostumbrados.
Y no hablamos de la zona de confort, hablamos de esos cambios y ese tiempo que debemos dedicarnos, ya que si la cifra no está mal, debemos pensar para nosotros mismos el 30% del año para crecer, para usar el ocio como forma y el tiempo libre para mejorar nuestras técnicas, habilidades o herramientas.
Muchas cosas las tenemos por el tiempo dedicado, no olvidemos poseerlo, más bien usemoslo para crecer, para aguardar, para guiar y para estar en los estados emocionales más conscientes y desde ahí disfrutar lo que yace en nosotros, la melancolía no es más que algo muy dentro de nosotros que habla, que cuida y que da certeza al mundo para así entenderlo de una mejor forma y saber que aun hay algo por hacer.
Melancólicos todos, tú, yo, él, ella, nosotros, vosotros, los que dedican un poco de tiempo para ver la vida pasar y sentar precedentes para seguir.
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